viernes, 16 de enero de 2009

Calle de Valverde

Aún no le tengo el punto pillado a las distancias en esta ciudad. O llego pronto o llego tarde. Anoche sucedió lo primero. El Metro me soltó en la Gran Vía 20 minutos antes de mi cita. De camino al número 32, lugar de encuentro, me topé con la calle de Valverde, vía que inspiró el libro de Max Aub que me acabo de leer. Decidí recorrer el centenar de metros escasos que tiene la calle en búsqueda de referencias al texto que aún anda fresco en mi memoria.


Comienzo el paseo contemplando un grupo de mujeres, de las que la tradición se animaba a tildar como de moral distraída o de vida alegre, apostadas en la esquina de Valverde con Desengaño. Cuatro mujeres que miraban a los peatones mientras apuraban los cigarros y un vaso de café humeaba en sus manos. Hablando entre ellas una me dedica una mirada y una sonrisa que es devuelta de un modo distraído, casi accidental, mientras sigo buscando referencias a la obra de Aub. Los anticuarios, las casa del huéspedes del libro no están. La arquitectura del lugar no habrá cambiado en exceso durante los más de 60 años transcurridos desde la publicación del texto, pero su aire no es igual. Gimnasios, exóticos bares de vida bohemia, tabernas irlandesas, salas de concierto y paredes grafieteadas han dibujado un paisaje urbano alejado de la historia de Mara, Feli, los Miralles, Cantueso, Dabella y demás ralea que paseaba por aquel Madrid que quería ser una gran ciudad. Hoy lo es y el peaje ha sido el de la desnaturalización, el de la transformación en otra cosa.

Aub volvió en los años 60 de su exilio mejicano y no tuvo más remedio que irse al contemplar lo lejos que estaba ese Madrid del otro que recorrió 30 años antes.

En esa calle Valverde no hay vestigio alguno de ese libro. Y me extraña porque Madrid es muy celosa de su Historia. Centenares de placas adornan fachadas recordando hechos históricos hasta el paroxismo, de modo tal que se recuerda si fulano de tal o mengano de cual meó en una determinada esquina. De hecho, la calle Valverde levanta orgullosa dos de esas placas, la recuerda a una fundadora de un convento mercedario a mitad de la vía, y, llegando a la calle Colón, la que nos anuncia la que fue morada de Rafael Bardem. Pero ni huella de Aub. Al igual que aquella generación de escritores, pensadores, intelectuales que fueron arquitectos y detonadores de la II República y que por estar en el bando derrotado han sido condenados a vagar por el sótano de la Historia de España a pesar de representar una de las mejores generaciones europeas en el seno del arte.



Al llegar al final de la calle giro sobre mis pasos y soy sorprendido por el rojo ojo del reloj del edificio de Telefónica que como el de Sauron se mantiene encendido para vigilar la noctámbula vida de los que con las primeras horas de la noche y sus fríos salen de su letargo para hacer de Madrid escenario de crápula sonambulismo en la cara B de la vida de esta ciudad.

Un saludo desde mi jardín.

Bomarzo caminante.

7 comentarios:

Galleto dijo...

Si de esto surgiera un libro...

Por cierto:"rojo ojo del reloj"; bonita aliteración....

Bomarzo dijo...

Gracias y bienvenido, Galleto.

Nefer dijo...

Lo que demuestra que Madrid es una ciudad de marcados contrastes... bonito paseo.

Besillos.

Bomarzo dijo...

Brutales, Nefer.

Lía Vega Erao dijo...

Madrid me estresó... pero supongo que no fui en un buen momento en mi vida...

Besos Nazaríes. ¿Y la música del finde?

Anónimo dijo...

Preciosa evocación. Te seinta bien la noche madrileña.
Rigoletto

Bomarzo dijo...

La música aparecerá a partir de las 10 de mañana del sábado. A la misma hora, el domingo. Besos Lía.
Rigo, ya te iré contando.