martes, 30 de diciembre de 2008

Navidad en Belén

Os voy a dejar con un relato que escribí hace algo más de un año. Seguro que lo recordáis. La temática viene muy al hilo de la actualidad.

El parto les sorprendió en Belén. No era la ciudad en la que vivían, pero los ocupantes exigieron a los palestinos unos trámites burocráticos que les obligó a trasladarse hasta aquella ciudad, rodeada de tropas, cañones, alambradas y tanques. La pensión de mala muerte en la que se tuvieron que alojar estaba controlada por un palestino al que le importaba un bledo la causa de su pueblo y la invasión israelí. Él ponía la mano y todo lo demás no importaba. Es más, en un principio le dijo a la embarazadísima Maraiah que no había habitación para ellos. Tuvo que ser Yoseph el que diera un sobreprecio al bigotudo y maloliente propietario por una cochambrosa alcoba sin baño y toneladas de mugre en las paredes.

El caso es que Maraiah rompió aguas ya entrada la noche. Una mujer alojada en la habitación de al lado, al escuchar los dolorosos gritos del parto y la voz del impotente marido pidiendo ayuda acudió de inmediato. Su madre había sido partera y ella la había ayudado en multitud de ocasiones. No hubo complicaciones, salvo las presentadas por el miserable propietario de la pensión que exigió a Yoseph una mordida más "para la limpieza de la habitación".

Yusuf vino al mundo a eso de las 3 de la noche. Dos horas después una enorme luz verde, como la de la cola de un cometa, iluminó la habitación. El agotado marido se asomó y vio una bengala enorme recortar la silueta de la fachada de la pensión y suspenderse sobre la azotea. A los pocos segundo, decenas de soldados se apeaban de camiones gritando y golpeando las puertas. Era cuestión de tiempo. Las botas empezaron a sonar cada vez más cerca, con más fuerza. Las voces despertaban a todos los inquilinos, en su mayoría palestinos. El matrimonio no se sorprendió, conocían muy bien la mecánica de estas redadas, tan normales en su país. Enseguida prepararon sus papeles. Los salvoconductos eran su salvación. Maraiah, extenuada, protegía al recién nacido con todo su cuerpo. El bebé dormía ajeno a todo.

De repente la puerta se abrió. Tres hombres pedían en hebreo a la pareja que se pusieran contra la pared. Yosepf trató de explicar lo que hacía dos horas acababa de pasar, pero el culatazo en la boca del estómago le dejó sin poder articular palabra y con el aire justo para no morirse. Los tres soldados que entraron con linternas y tocados con cascos le parecían a la mujer tendida en la cama tres poderosos reyes, con mágicos poderes. Sólo pudo ver tres letras en sus uniformes, una M, una G y una B. Precisamente éste último la destapó y al ver al bebé, miró hacia sus dos compañeros y dijo "estos palestinos no se enteran de que cuantos más hijos paran, más palestinos morirán". Todos rieron y B escupió al recién nacido.

Al marcharse las tropas de la pensión se llevaron a un par de detenidos. Cerca había sonado un disparo y el grito mudo de una mujer. Un cuerpo fue arrojado por la ventana. Se trataba de un pastor venido de otro pueblo para hacer papeles, como Yoseph y Maraiah. Era diciembre. Y para algunos, se celebraba la Navidad.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto lo había leído yo hace un año, ¿no?
Un abrazo,
Rigoletto

Gregorio Toribio Álvarez dijo...

Fantástico relato que nos demuestra lo poquísimo que ha evolucionado la especie humana en los últimos dos mil años.

Nefer dijo...

Recuerdo este relato, y recuerdo lo mucho que me sorprendió y gustó... muy al pelo Bomarzo.

Feliz 2009

Anónimo dijo...

Este relato me emocionó y lo tenía grabado en mi memoria. Ha estado muy bien darle al Replay.

Gracias Bomarzo.

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