Mostrando entradas con la etiqueta Muerte de un Poeta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Muerte de un Poeta. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de febrero de 2009

CUAVERSOS: HOMENAJE A MACHADO

Hace 70 años. Tal día como hoy. Francia. Varias semanas, varios meses huyendo. Durísimo periplo desde Valencia hasta la frontera en Portbou. Mayor, cansado, derrotado. Toda su ilusión política, todo su amor a una España republicana y democrática quedó sepultado por toneladas de escombros, sonido de sables, gritos bravucones de militarones golpistas y una larga fila de vidas perdidas que comienzan un largo exilio que durará varias vidas.

Entre ellas la de Machado, cabeza visible de una familia descompuesta. Con su primer pie puesto en suelo galo comenzó el final de su vida. Sólo descontaba horas para llegar a su cita con la parca, a la que ya vió la cara reflejada en millares de ojos carentes de luz tras tres años de guerra entre hermanos. Antonio usó de su arma más certera, pero sin creerse más importante que nadie. Lo importante era la República, la democracia, la libertad.

Hoy, 70 años después, su cuerpo sigue enterrado en Francia. Eso es una afrenta, una sonora bofetada a esta España desmemoriada que, de tener algo de orgullo, ya hubiera reclamado para su subsuelo el inerte cuerpo en la que reposa la sonora voz del poeta. Nadie reclama su legado. El silencio se pasea por esta efemérides, silencio ominoso que debiera ser grito en nuestra conciencia. Antonio Machado no puede pasar ni un minuto más enterrado en Colliure. Han sido muchos días siendo cubierto por "el polvo de un país vecino". Pero nadie reclama su persona, su figura, su obra 70 años después de su muerte.

La blogosfera está compuesta por millones de bitácoras. Hoy seremos una mínima parte de ella la que reivindicará su nombre dejándolo xerigrafiado en una de las calles virtuales por las que circula el cariño de esta comunidad bloguera en la que don Antonio ocupa un espacio. Gracias a todos los que os sumáis a esta idea y la hacéis propia. Gracias a Antonio y a Alberto por recodarlo. Y gracias a don Antonio por su ejemplo, por su palabra, por su compromiso y por haber dejado entre nosotros la vida de un verso eternamente joven del que siguen brotando sones de esperanza para los que creemos que la libertad es el único camino posible para el hombre.



Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo machadiano.

Ampliar entrada

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (III)

Puntual a su cita, llega la tercera parte de "Muerte de un Poeta".

El soldado consiguió encender el cigarro y expulsa el humo de una larguísima primera calada. Se da la vuelta, observa aquella celda como si fuese la primera vez que ponía sus pies en ese hediondo lugar. Apenas hace caso a los ruegos del poeta, a sus llantos. Sólo le dice que llorar no era de hombres, pero que en su caso era normal que lo hiciera. Sus jefes le han dicho que venía un poeta maricón y que, por tanto, no es de extrañar ese espectáculo tan femenino a su juicio. De todas formas, el soldado se vuelve hacia él y le pone la mano en el hombro.
-He venido para ayudarle a rezar-dijo el joven soldado- y, de camino para que me dedique este libro que, si no me equivoco es suyo-.
Rezar… Café… Qué relación podía haber entre esas dos palabras malditas, tan alejadas la una de la otra y que en boca de este soldado se unen en un matrimonio lúgubre y siniestro. En la mente del poeta, una y otra llevaban estrafalarias ropas. “Rezar” iba vestida de negro, un riguroso traje negro, enjuto, de paño grueso, algo roído por la polilla y con caspa en los hombros. A la palabra “Café”, en cambio la vio de largo vestido blanco y un brillante y oscuro tricornio de guardia civil. En la boda entre ambas palabras, un sacerdote vestía con camisa azul y tenía la misma cara del soldado que le acompañaba en su celda, y una partida de gitanos ponía los cantes: martinetes, segurillas, soleás… todos cantes jondos y tristes. Al final de la ceremonia, los gitanos se levantaban y mostraban sus manos esposadas, encadenadas, mientras el cura apuntaba con su máuser y disparaba sin dejar a nadie vivo. La pareja de recién casados aplaudía ante el teatral espectáculo.

Ampliar entrada

martes, 11 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (II)

Segunda entrega de Muerte de un poeta.

Suena el cerrojo de la puerta. Inmediatamente se pone de pie. Tiene miedo. Mucho miedo. No quiere pensar, pero lo hace. Sabe, por lo que ha oído, por lo que le han dicho, que le tienen ganas. Un militar se asomó a su celda del gobierno civil y, sonriendo, pronunció un “que se lo lleven en el próximo camión” que no le gustó nada. No sirvió de mucho que preguntara a dónde iban a llevarle. Un simple “cállate, maricón”, bastó para comprender que era absurdo querer averiguar.
Se abre la puerta de la celda y un chaval de camisa azul, cara sucia y mosquetón brillante, de no más de 18 años, se queda entre las jambas. Lleva el fusil al hombro. Le mira como el que observa a un bicho raro. El preso no se atreve a decir nada. Está sucio, sabe que nadie conoce su paradero, no ha podido hablar con nadie de los suyos, intuye el fin, pero se agarra a la última esperanza, no quiere morir.

El soldado le pregunta: -usted es el poeta, ¿verdad?-. Eran las primeras palabras amables en tanto tiempo, tanto que no pudo evitar que se le escapara una sonrisa nerviosa en su respuesta.
–Sí. Soy un poeta, asustado, pero poeta-. Comprende que su interlocutor no es exactamente igual que los que ha tenido hasta ahora. Hasta ese momento nadie le llamó por su nombre sino “maricón” y las culatas habían caído con más frecuencia de la deseada sobre su espalda.
-¿Qué hago aquí? ¿Qué me va a pasar? – rogó el poeta.
- Le vamos a dar café- Respondió el soldado que había entrado en la celda y se le acercaba con un pitillo en las manos que le ofrecía con rudeza.
“Café. Me van a dar café”, se repite sin cesar. “No quiero café”, quería gritar. Sólo quiere salir de allí, volver a su casa, irse a Madrid, a Argentina, a la esquina opuesta de aquel mundo en el que cayó como si de una brizna de pan se colara por un sumidero, en mitad del remolino de agua que provoca un tapón que descubre la salida. Rechazando el tabaco y con los ojos llenos de lágrimas mira al soldado, que se enciende el cigarro con una parsimonia casi mística con un extraño encendedor de yesca, le dice: -No quiero morir. Me da miedo la muerte. Me queda tanta vida dentro de mi pecho que no quiero que se esparza por entre los olivos secos que he visto en la carretera y que la tierra quede yerma por el calor de mi sangre-.

Ampliar entrada

lunes, 10 de noviembre de 2008

Comienzo a publicar mi relato: Muerte de un poeta. Por su longitud, irá apareciendo todos los días, hasta el viernes, a las 16 horas. Espero que sea de vuestro interés.
MUERTE DE UN POETA (I)

Se cerraron las puertas del camión y fue como si una plancha de metal le cortara la cabeza. Apenas podía mirar al frente. Sus ojos dibujaban garabatos en el suelo. Tropezó con el escalón que daba acceso a la estancia, tan oscura como aquellas en las que había estado desde hacía dos días. Todo era oscuridad. El calabozo del gobierno civil, la parte de atrás de aquella camioneta, los ojos del cojo que se sentó a su lado… La costumbre hizo que no tardara en hacerse con las dimensiones de aquel nuevo lugar.

No sabía dónde estaba exactamente. Hacía fresco a pesar de ser agosto. Estaba en alguna sierra de las muchas que tenía la provincia, pero no le sonaba en exceso. Apenas habló con la lúgubre compañía que el destino y los hombres de azul le habían buscado para la ocasión. El cojo le miró como si le reconociera, pero su planta, su facha, su barba descuidada… Su imagen no era la acostumbrada de periódicos y entrevistas. Aún así, aquel hombre le miró, le miró como si le reconociera.

Separaron a los dos reos. Cada uno fue a una celda distinta, tan sucia como la del gobierno civil, como debían serlo todas las celdas del mundo. Apenas había comido en dos días. Algo de lo que le llevó la que fue su niñera y a la que el tiempo robó belleza a cambio de arrugas, pero que seguía oliendo igual que cuando le cogía en brazos y le regañaba por ensuciarse la ropa. Se mira de arriba abajo y se ve tan sucio que sabe que de volver a verla, su niñera se pondría muy seria con él.

Tiene ganas de orinar. Ha comprendido en dos días que pedir ir al baño sólo sirve de mofa y una excusa extraordinaria para ser objeto de insultos y vejaciones muy duras de soportar. Lo hace contra una de las paredes. La noche es muy oscura, pero no debe quedar mucho para que amanezca. Hace frío. Los pájaros se intuyen.
.

Ampliar entrada