
En primer lugar se marcha una tormenta en el seno del PSOE. Sin duda, sin ser extremadamente grave, lo que ha rodeado al ya ex ministro en las últimas semanas hubiera sido tan fácil de evitar que nada más que por eso debió decir adiós antes. Ya se sabe aquéllo de la mujer del César. Bermejo, lejos de serlo no se molestó tampoco en parecerlo. El año tiene 365 días y seguro que se podría haber escogido otro menos oportuno para salir con Garzón de caza. Soberana torpeza que no le ha dejado más opción que la que ha tomado o le han hecho tomar, que diría una amiga.
En segundo lugar, Bermejo y ZP se llevan el discurso del PP, basado en los últimos tiempos en el pin pan pum al anterior titular de Justicia. Rajoy, de los Rajoy de toda la vida, podrá ahora arrogarse el mérito de la dimisión si quiere, como también de tener un primo que niega el cambio climático. Pero más allá de eso, se acabó. Muerto el perro se acabó la rabia. Ahora toca decir algo nuevo, por ejemplo qué va a hacer su partido con los implicados en la red que toca a su formación algo más que tangencialmente. Porque, y ahí viene la tercera cuestión que deja sobre la mesa Bermejo con su salida, el ministro dimite sin haber cometido delito alguno, mientras otros se afanan en ralentizar comisiones de investigación, amenazar al partido con tirar de la manta, lanzar botes de humo, mantenerse como diputados para buscar aforamientos y demás tácticas dilatorias que, sin duda, marcan una soberana distancia entre el actuar de unos y el de otros.
Por cierto, y para finalizar, ya que tanto le gusta a Rajoy hablar de legitimidades y deslegitimidades, no habrá otro en su partido para hablar de eso mismo, es decir, de legitimación, que Federico Trillo Figueroa, hombre que, como es sabido ha sabido aceptar las responsabilidades políticas de aquella chapuza del Yak-42. Y es que Rajoy hace tiempo que perdió su norte difuminado en el aire como hilillos de plastilina.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo.
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