domingo, 11 de octubre de 2009
Cuento para Miriam
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La pequeña niña, con voz trémula y casi imperceptible, le dijo a su padre, quiero una estrella. Éste no supo qué decir. Se limitó a decirle, hija mía, antes de la noche de mañana tendrás una estrella a tus pies. La niña sonrió como sólo una hija sonríe a su padre y quedó feliz pues él jamás le había fallado.
Su padre pasó toda esa noche pensando cómo conseguir echar lazo a una estrella para dejarla en los pies de su pequeño tesoro. Pensó y pensó sin ver la solución. Nunca había fallado a su hija y no quería que ésa fuese la primera. Sea como fuere, la solución al problema se resistía.
Amaneció, y como cada mañana su padre la sacó de la cama y empezó a vestirla para llevarla al colegio. Ella, en cuanto se supo despierta recordó a su padre la promesa lanzada la noche anterior. Papá, le dijo, esta noche me vas a bajar una estrella del cielo? Y el padre, serio y seguro de sí mismo, le contestó, hija mía, esta noche tendrás una estrella a tus pies. Ya verás.
El día fue pasando y la hora de comer llegó tal vez más rápidamente que otras jornadas. En la mesa, la pequeña volvió a recordarle su promesa cuando le dijo a su madre que papá le iba a bajar una estrella del cielo esa noche. No te preocupes pequeña que esta noche tendrás una estrella, le dijo su madre mientras lanzaba una mirada cómplice a un padre que seguía pensando.
El padre subió a su dormitorio pensando cómo satisfacer el deseo de su pequeña. Las horas pasaban y la noche se acercaba. Se sentó frente al espejo y al quitarse la ropa se le ocurrió una idea genial para atrapar la estrella que su hija deseaba tanto.
Llegó la noche y su hija se presentó ante su padre con la sonrisa más tierna a la búsqueda de su regalo. Él la cogió en brazos y la subió a su dormitorio. Le dijo, hija, esta es una buena noche para cazar estrellas, pues hay luna llena y la luz las adormece. Al llegar a la habitación, corrió las cortinas de la ventana y dejó que un argentino rayo vistiera las paredes de un gris helado. Cierra los ojos, le dijo. Ella le hizo caso. Él colocó un espejo junto a los pies de la pequeña y buscó el reflejo oportuno. Ábrelos, le susurró al oído. Al hacerlo vió que a sus plantas, no una sino un firmamento entero se abría en el reflejo del espejo sólo para ella.
La niña sonrió y le dijo a su padre que sabía que no le fallaría. Le dio un beso y se acostó. Él salió de la habitación con un corazón repleto de caricias y consciente de que algún día no podrá hacer aquéllo que su hija le pida... pero hasta que llegue, qué feliz será.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo cazador de estrellas.
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jueves, 5 de marzo de 2009
Carabanchel, otro Madrid
Hoy me he acercado por el lindero de Carabanchel, tierra con aire de frontera y aspecto a ciudad vieja. He pateado la Vía Carpetana, he recorrido la calle de Oporto. Por allí la Policía no presume, ni Madrid, el Madrid oficial, el de la corbata, el del coche oficial, el de Ruiz Gallardón o Esperanza Aguirre, es tan Madrid. Las aceras no se arreglan, el asfalto se olvida, desaparece y se transforma en agujeros rugosos que dibujan un paisaje marciano… Da la sensación de que es un Madrid que importa menos. Es de imaginar que por esa parte de la ciudad se juegan menos votos, muchos menos que en Serrano o en Salamanca, quizás por eso los madrileños que allí viven, junto al taller mecánico en el que no hay coches, encima de la tienda de ropa en la que no entra nadie, en la barbería donde no hay barbas que cortar, sean distintos al resto de los madrileños.
Hoy he visto un Madrid que me gusta, otro Madrid dentro de la pluralidad inimaginable de un Madrid reflejado en mil espejos.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo carabanchelero
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viernes, 23 de enero de 2009
Cosas de una niña de de tres años
22 horas. Una pequeña de tres años intenta dormirse en la soledad del dormitorio de su padre que, para más señas, está solo en casa. Vanmos, de Rodríguez. El citado padre se encuentra en el salón, viendo la tele, rezando para que la criatura se duerma pronto.
De repente, del fondo del pasillo se eleva una voz de algo más de un metro que llama la atención paterna:
- Papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
- Queeeeeeeeeeeeeeeeeee.
- El bebé está llorando.
(Aclaración. El bebé es un muñeco de unos 30 centímetros de alto que sufre a la pequeña los instantes previos al sueño).
- Pues cálmalo. Dile que se calle.
Se hace el silencio durante unos instantes. De repente:
- ¡¡¡¡ Bebé. Te quieres callar!!!!
El incauto padre da un respingo ante tamaña voz y pregunta:
-¿Todo bien?
- Sí, papá. Ya se ha callado.
Sigo viendo la tele... La pequeña canta villancicos.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo lo flipa con Miriam.
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martes, 20 de enero de 2009
Prisa y calma
Los coches van demasiado rápido. Los semáforos son puertas abiertas a la velocidad.
En Madrid todo sucede demasiado deprisa. La gente camina rápido, tanto que hacen del empujón sin disculpa deporte nacional. Convierten a los peatones objetivos móviles a prueba de relejos.
Los niños se besan con pasión adulta en los andenes del Metro.
En Madrid todo va demasiado deprisa. Da la sensación como si aquí la gente se quisiera vivir la vida, como si el tiempo tuviera otra medida, durara menos. Yo me quiero parar en medio de toda esa prisa. No quiero perderme lo que se pierden aquellos que corren buscando no perderse nada.
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viernes, 16 de enero de 2009
Bailar es soñar con los pies...
Yo soñé en el anonimato silente de un Madrid dormido en mi barrio.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo.
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Calle de Valverde

Comienzo el paseo contemplando un grupo de mujeres, de las que la tradición se animaba a tildar como de moral distraída o de vida alegre, apostadas en la esquina de Valverde con Desengaño. Cuatro mujeres que miraban a los peatones mientras apuraban los cigarros y un vaso de café humeaba en sus manos. Hablando entre ellas una me dedica una mirada y una sonrisa que es devuelta de un modo distraído, casi accidental, mientras sigo buscando referencias a la obra de Aub. Los anticuarios, las casa del huéspedes del libro no están. La arquitectura del lugar no habrá cambiado en exceso durante los más de 60 años transcurridos desde la publicación del texto, pero su aire no es igual. Gimnasios, exóticos bares de vida bohemia, tabernas irlandesas, salas de concierto y paredes grafieteadas han dibujado un paisaje urbano alejado de la historia de Mara, Feli, los Miralles, Cantueso, Dabella y demás ralea que paseaba por aquel Madrid que quería ser una gran ciudad. Hoy lo es y el peaje ha sido el de la desnaturalización, el de la transformación en otra cosa.
Aub volvió en los años 60 de su exilio mejicano y no tuvo más remedio que irse al contemplar lo lejos que estaba ese Madrid del otro que recorrió 30 años antes.
En esa calle Valverde no hay vestigio alguno de ese libro. Y me extraña porque Madrid es muy celosa de su Historia. Centenares de placas adornan fachadas recordando hechos históricos hasta el paroxismo, de modo tal que se recuerda si fulano de tal o mengano de cual meó en una determinada esquina. De hecho, la calle Valverde levanta orgullosa dos de esas placas, la recuerda a una fundadora de un convento mercedario a mitad de la vía, y, llegando a la calle Colón, la que nos anuncia la que fue morada de Rafael Bardem. Pero ni huella de Aub. Al igual que aquella generación de escritores, pensadores, intelectuales que fueron arquitectos y detonadores de la II República y que por estar en el bando derrotado han sido condenados a vagar por el sótano de la Historia de España a pesar de representar una de las mejores generaciones europeas en el seno del arte.

Al llegar al final de la calle giro sobre mis pasos y soy sorprendido por el rojo ojo del reloj del edificio de Telefónica que como el de Sauron se mantiene encendido para vigilar la noctámbula vida de los que con las primeras horas de la noche y sus fríos salen de su letargo para hacer de Madrid escenario de crápula sonambulismo en la cara B de la vida de esta ciudad.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo caminante.
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viernes, 9 de enero de 2009
Tetuán
Camino por Raimundo Fernández Villaverde, parida por la rotonda de Cuatro Caminos y una de las anchuras por las que respira Tetuán, el viejo barrio madrileño con sones coloniales y ecos de pronunciamientos. Pero sólo hay que girar 90 grados y entrar, por ejemplo, por Comandante Zorita para descubrir otra ciudad distinta, más alejada de la gran urbe pero dibujando cuadrículas perfectas que parecen no tener fin sobre un asfalto que avanza como una enorme culebra. Se deambula por calles confundidas con edificios que dejan sin horizonte a la ciudad. Sólo enormes zancudas de metal coronan unas azoteas multiformes e irregulares apuntando hacia la puesta de sol.

Y ya en la calle Jaén, atravesada por Cicerón, Dulcinea y Quijote –genial triunvirato mágico del callejero gatuno- Madrid se vuelve a transformar en otra ciudad, más en un pueblo de casas antiguas y balcones pequeños en las que se esconden como amantes sorprendidos, bombonas de butano que aguantan el frío que corta el aire. Bajo algunas de las persianas que descansan sobre las rejas de los balcones, escobas, mantas dobladas, bolsas de plástico atadas como si respondieran a un secreto código para viandantes curiosos. Por momentos, Madrid se ha convertido en una localidad mediterránea y el monóxido de carbóno se torna salitre, al igual que el sonido veloz de los coches en avenidas cercanas parece el viento de levante el mar rompiéndose en mil pedazos. Pedazos de ese Tetuán que bautiza estas calles sigue vivo en su fisionomía de peluquerías pequeñas y verduras al alcance de la mano, en el Madrid más ecuménico.

Todavía sin estar acostumbrado a esa visión la gran ciudad de nuevo se levanta ante el caminante en la calle Bravo Murillo. Que dejamos el pueblo para entrar en la ciudad nos lo anuncia los dos escaparates que flanquean sendas esquinas de la vía que desemboca en la arteria. Aldolfo Domínguez y CajaMadrid nos recuerdan que lo que hemos visto es un espejismo y Tetuán deja de ser Tetuán para convertirse en el Madrid que todo lo devora. Vuelve el ruido ensordecedor, las prisas, los empujones. El paso de peatones me pide que me detenga. Junto a mí, una mujer se retuerce en una tos que más parece estertor mientras apura un cigarro hasta su colilla. Con esa imagen el Metro de Alvarado se me abre para recordarme que hay miles de Madrid que esperan ser descubiertos por este peatón de provincias.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo
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martes, 30 de diciembre de 2008
Navidad en Belén
El parto les sorprendió en Belén. No era la ciudad en la que vivían, pero los ocupantes exigieron a los palestinos unos trámites burocráticos que les obligó a trasladarse hasta aquella ciudad, rodeada de tropas, cañones, alambradas y tanques. La pensión de mala muerte en la que se tuvieron que alojar estaba controlada por un palestino al que le importaba un bledo la causa de su pueblo y la invasión israelí. Él ponía la mano y todo lo demás no importaba. Es más, en un principio le dijo a la embarazadísima Maraiah que no había habitación para ellos. Tuvo que ser Yoseph el que diera un sobreprecio al bigotudo y maloliente propietario por una cochambrosa alcoba sin baño y toneladas de mugre en las paredes.
El caso es que Maraiah rompió aguas ya entrada la noche. Una mujer alojada en la habitación de al lado, al escuchar los dolorosos gritos del parto y la voz del impotente marido pidiendo ayuda acudió de inmediato. Su madre había sido partera y ella la había ayudado en multitud de ocasiones. No hubo complicaciones, salvo las presentadas por el miserable propietario de la pensión que exigió a Yoseph una mordida más "para la limpieza de la habitación".
Yusuf vino al mundo a eso de las 3 de la noche. Dos horas después una enorme luz verde, como la de la cola de un cometa, iluminó la habitación. El agotado marido se asomó y vio una bengala enorme recortar la silueta de la fachada de la pensión y suspenderse sobre la azotea. A los pocos segundo, decenas de soldados se apeaban de camiones gritando y golpeando las puertas. Era cuestión de tiempo. Las botas empezaron a sonar cada vez más cerca, con más fuerza. Las voces despertaban a todos los inquilinos, en su mayoría palestinos. El matrimonio no se sorprendió, conocían muy bien la mecánica de estas redadas, tan normales en su país. Enseguida prepararon sus papeles. Los salvoconductos eran su salvación. Maraiah, extenuada, protegía al recién nacido con todo su cuerpo. El bebé dormía ajeno a todo.
De repente la puerta se abrió. Tres hombres pedían en hebreo a la pareja que se pusieran contra la pared. Yosepf trató de explicar lo que hacía dos horas acababa de pasar, pero el culatazo en la boca del estómago le dejó sin poder articular palabra y con el aire justo para no morirse. Los tres soldados que entraron con linternas y tocados con cascos le parecían a la mujer tendida en la cama tres poderosos reyes, con mágicos poderes. Sólo pudo ver tres letras en sus uniformes, una M, una G y una B. Precisamente éste último la destapó y al ver al bebé, miró hacia sus dos compañeros y dijo "estos palestinos no se enteran de que cuantos más hijos paran, más palestinos morirán". Todos rieron y B escupió al recién nacido.
Al marcharse las tropas de la pensión se llevaron a un par de detenidos. Cerca había sonado un disparo y el grito mudo de una mujer. Un cuerpo fue arrojado por la ventana. Se trataba de un pastor venido de otro pueblo para hacer papeles, como Yoseph y Maraiah. Era diciembre. Y para algunos, se celebraba la Navidad.
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jueves, 11 de diciembre de 2008
Mi barrio. 07.30 horas.
Trazo una larga diagonal hasta la boca de metro que me conduce hasta el calor del subsuelo. Por los diversos puntos cardinales del barrio van llegando, aún dormidos, caminantes cuerpos ausentes unos de otros, con el último trago del café calentando sus lenguas, todos en la misma dirección, como un macabro desfile desordenado de zombis. Antes de llegar, otras gentes que han madrugado más cruzan los parques atados a sus perros, ajenos al frío y a la escasa vida que le queda a la noche en otro día que recién empieza.
Algún destello intermitente en rojo saca al caminante de la rutina de ir contando los pasos que cada día le separan del mismo destino por el mismo camino. Cerca de esa luz un camión mal aparcado abre sus puertas para que un joven mulato descargue sus mercancías, pronto consumidas vorazmente por un barrio que permanece cerrado por sueño.
El caminante vuelve a mirar al suelo. Sus manos enguantadas se esconden en los bolsillos de su abrigo. Al fondo, la estación del Metro se hace más grande. El día arranca como lo hacen el resto de los días. Un andén, un vagón, un asiento, un libro… Próxima estación, Pinar de Chamartín.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo madruga
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jueves, 4 de diciembre de 2008
La tribu de los hombres que hablan solos
Los ves siempre sentados, con la mirada en ningún sitio. Su mente hace tiempo que se marchó buscando salida a la asfixia que les rodea. Viven en el Metro. Parece como si hubieran decidido huir de la superficie, como si arriba se hubiera perdido la escasa seguridad en sí mismos que les queda. Los hay de todas las razas y todos ellos tienen algo en común: se pierden en conversaciones eternas, con una lógica que sólo ellos comprenden y a las que sólo ellos son capaces de responder. Hablan solos. Decía Machado que quien habla solo espera hablar a Dios un día. Y la verdad, no sé dónde dejaron ellos a sus dioses. Cayeron por el roto de algún bolsillo, se quedaron dormidos tal vez en el cartón del cajero de más allá. Dios es la carencia que menos les preocupa.
Elevan la voz como si necesitaran ser oídos, pero no buscan la réplica de nadie a pesar de la crudeza de algunos de sus desafíos. Dentro de los vagones eligen al azar la estación en la que seguramente pasen la noche, o todo el día, haciendo de ella todo un cosmos. Viajan sin rumbo, como sus ojos, como sus palabras. Un día, sus cabezas discurrían de un modo convencional. Tenían una vida por la que no llamaban la atención.

Sin embargo, de repente algo cortocircuitó su código de conducta abriendo la jaula de la que volaron pájaros de cordura hacia puertos lejanos. Se les escapó todo. Desapareció el estándar, la familia, el trabajo. Se quedaron vacíos. Y el abismo en el que cayeron se ha convertido en el eco que devuelve sus frases carentes de contexto en el mundo en el que los demás miramos extrañados sus soliquios como si ellos y nosotros no fuésemos del mismo mundo.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo.
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lunes, 24 de noviembre de 2008
Alicante
Me encanta ver cómo se despierta una ciudad, cómo el silencio de la noche es devorado paulatinamente por el ritmo frenético del tráfico, de las personas, de sus vidas.Las aceras se preparan cada noche para acoger miles de miradas esquivas. Ahora, mientras el cielo cambia de color y las puertas de un mercado modernista se abren con olor a pescado casi vivo, algunos remolonean buscando algún encargo que les proporcione dinero que les permita un desayuno o, quizás, una cena postergada por un cartón de vino.
Me dirijo hacia el mar. Quiero verlo antes de marcharme. Desde la ventana de mi habitación he podido contemplarlo en la distancia. Tranquilo, intenso, como el reflejo de un cielo sin nubes. Decido ir en su busca. Una bandada de gaviotas me muestra el camino con sus graznidos. Paso junto a una lotera que me invita a tentar la suerte cantando no los números, sino curiosas palabras asociadas a ellos por la sabiduría popular, a caballo entre la superstición y lo anecdótico.
Todas las ciudades que duermen junto al mar se parecen y si el mar que les da cobijo es el Mediterráneo la similitud es total. La luz, el aire, la imagen, su urbanismo, la arquitectura se trasladan de un lugar a otro. Así Motril y Alicante son gemelas sólo distinguidas por su tamaño.
Camino por las mismas calles que anoche me guiaron en la búsqueda de un lugar para cenar. Veo el Teatro, carrer de Girona… Ahora, en cambio, son tan distintas que parecen lugares ajenos. Veo palmeras y un enorme magnolio de tronco multiforme, raíces revueltas y ramas como puentes. Cerca, una casa recién rehabilitada impide a otra caerse al suelo carcomida por el paso del tiempo, el salitre y el olvido. A mi lado camina un monte escarpado y coronado por un viejo castillo con mil antenas en su cresta. En su compañía aparezco ante la dársena del puerto. Será lo más cerca que esté del mar en las próximas semanas o meses. Ante mí, unos lujosísimos yates que me recuerdan que o mi reino no es de este mundo o tal vez sea el suyo el que se me escapa. Cierro los ojos para empaparme de un sol todavía mojado por el horizonte marino del que acaba de nacer. Es sólo un minuto o menos. Respiro con fuerza para llevarme sal, yodo, mar, luz… y emprender un descamino hacia un nuevo punto de retorno, demasiado lejos de todo esto. Ampliar entrada
martes, 18 de noviembre de 2008
Chamartín
En Chamartín las indicaciones señalan que mi meta está en un plano superior. Con mi petate al hombro tomo el primer tramo de escaleras mecánicas. Subidos dos un sonido me descubre que acabo de pasar por una nueva estación donde un Metro se ha detenido. La altura me deja ver que lo que voy dejando atrás -abajo- son planos superpuestos en el subsuelo de distintas pltaformas de trnasporte que convierten a Chamartín en un gran hormiguero al que van a parar un sinfín de túneles. Mis provincianos ojos no pueden salir de su perpleja pequeñez, acostumbrados a discusiones eternas sobre si es posible soterrar o no una estación o desvíar un río a la izquierda o a la derecha.
Una enorme pantalla azul y un efecto mátrix me confunden y me hacen dudar sobre mi presencia un mundo real. Ojalá apareciera Trinity. Me ayudaría a entender.
Soy un enano, un Paco Martínez Soria, un cateto a babor que presume de cosmopolita y que se emborracha al ver una estación intermodal. Presunción de cosmopolitismo sin base pues no he pisado más de cinco países, incluída Andorra y que además no sabe ni montar en tren.
Entre el inframundo y la luz del sol ando unos pocos metros bajo un soportal en Plaza Castilla y aparecen, colosales, las cuatro torres que han redefinido el perfil de este Madrid único.
Pasa el tiempo entre llamadas a tres que salen y bocadillos apresurados. Entro en el anden 15. Busco mi vagón -coche lo define la joven azafata- en clase turista. Puntual arranca el ferrocarril, con escaso ruido y algo de movimiento, restando romanticismo a la idílica imagen ferroviaria que nos ha regalado el cine que, con independencia de la época, siempre ha añadido un característico y rutinario sonido al tren, tan ridículo como el movimiento exagerado de de un volante de coche de esas viejas películas en blanco y negro.
Los primeros metros son de puentes de tendido eléctrico, raíles, vías, piedras enormes que esconden vías, guardarraíles y esas cuatro torres de acero y cristal, enormes, escondidas poco a poco por el viejo Madrid y que desaparecen en un túnel del que parece no existir salida más allá, en el punto exacto en el que el olor del monóxido de carbono se mute por el del sol mediterráneo. Con la imagen de ese MAdrid que me dice "no tardes", empiezo el viaje y abro mi libro.
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viernes, 14 de noviembre de 2008
Muerte de un Poeta (y V)
El cigarro se le cae de las manos justo cuando la brasa empezó a quemar la piel de sus dedos. No se queja. No tiene vida. Toma el libro. Coge la pluma y escribe. Lejos quedaron otros autógrafos en otras orillas del mundo, cuando todo parecía imposible, cuando todos se creían inmortales. Al instante llega un retén de tres hombres también con camisa azul. Una de las caras que llega le resulta tan conocida que casi empieza a comprender. El resto se ríe e insulta. Nada nuevo.
Fuera hace frío. El cojo ya está en el camión. Junto al poeta suben otros dos hombres de afilada figura y tauromáquico gesto, afilados como un arpón. El del rostro reconocido se presenta junto al mismo hombre que le detuvo hace dos días o dos años. El tiempo se confunde. Los dos se miran. Uno de ellos, no sé quién, le dice: “Camborio, flor de la raza calé, te voy a meter una bala por cada uno de los insultos a la guardia civil que has escrito. ¿Dónde están ahora tus amigos, tus manifiestos, tus versos de mierda? Nadie se acordará de ti dentro de un rato.”
El joven soldado se quedó un rato más en la celda. Enciende otro cigarro disfrutando de su victoria. Saca el libro del bolsillo exterior de su camisa azul y busca la dedicatoria. Es el segundo libro que tiene dedicado por el poeta, ese poeta al que acaba de humillar restregándole su superioridad. El segundo libro firmado y qué contextos más diferentes. .
Bajo el título del libro pudo leer, al tiempo que se oían cuatro disparos que rompieron el aire y anunciaban el amanecer de una nueva Patria: “Con la certeza del que sabe que nunca más volverá a verte. Con los alfileres de la muerte clavados en mis dedos. A la hora que las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora. Con el mayor de mis desprecios… El poeta… A 18 ó 19 de agosto de 1.936”.
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jueves, 13 de noviembre de 2008
Muerte de un Poeta (IV)
IV. El poeta coge el libro. Recuerda los tiempos de risas de aquellos versos. Recuerda los laureles del éxito, la fama que empezaba a vestirle con trajes caros y le conducía a la portada de periódicos de todo el mundo. Recuerda su teatro universitario, los reproches de los que consideraron aquel libro poco vanguardista, demasiado “folklórico”. Recuerda también los primeros reproches, los primeros insultos, las primeras amenazas que llegaban con voz de miguelete, mostacho agresivo y lenguaje soez. Recuerda al Camborio, a la flor de la raza calé, a Soledad Montoya, a su caballo verde…
- No tengo pluma. Entenderás que no pueda firmártelo ahora-. Esa frase suena a reproche más que a disculpa, pero no está en situación de poder recriminar nada. Sabe que su vida ya no está en sus propias manos y conoce la violencia de los que, como aquel soldado, llevaban una camisa azul. Por un momento quiere hacer valer su amistad con el más importante portador de camisa azul de la ciudad, en cuya casa estaba escondido horas antes, pero no quiere comprometer más a esa familia.
Acepta fumarse un cigarro. A pesar del rechazo inicial debe reconocer que la ansiedad le domina y necesita calmarla.
- ¿Qué me vas a rezar, soldado?- Hace tanto tiempo que no reza que duda que, llegado el momento, se acuerde de alguna oración coherente.
- Yo no soy cura para enseñarle a rezar nada, poeta. En cualquier caso lo único que podría rezar con usted es un Páter Nóster. De todas formas, todos los que son como ustedes no tienen palabra. Se terminan por acobardar-. El soldado le dice eso último mirándole a la cara fijamente.
- No te entiendo-, responde el poeta extrañado, sintiendo de nuevo el pavor recorrer cada milímetro sucio de su maltrecho traje claro. El soldado se lo escupe a la cara.
- Los rojos como usted, por muy ilustrados que sean, por muy descreídos, cultos y republicanos que se sientan… al final rezan, al final acuden a Dios-. El monólogo se carga de odio. – Yo le he admirado, poeta. En el bachiller escribía versos y, a pesar de las inmoralidades que usted ha escrito, a pesar de que en casa no podía mencionar su nombre sin que mi madre me mirara con asco, recordando la parte más oscura de su familia, a pesar de todo ello, digo, le admiraba. Admiré sus versos y su teatro. Leía el panfleto ese dirigido por su amigo solamente por saber los éxitos que atesoraba-. El poeta siente que las tripas se le revuelven. Miedo, asco, rencor… todo se suma en un estómago vacío. El joven y futuro victorioso continúa. –Usted no se acordará, pero un día, mientras se reía en una mesa del café en el que tertuliaban usted y muchos que como usted se han escondido ahora ante la realidad de la nueva Historia que escribiremos, yo le observaba con toda atención. Usted mariposeaba, fumaba, bebía, opinaba, reía, criticaba, imitaba y yo le miraba. Me firmó un ejemplar de una de sus obras de teatro, la de la heroína, en la que se mofaba de los valores que volverán a hacer de esta Patria lo que nunca debió dejar de ser. Hoy, poeta, usted, como esa heroína, espera su garrote entre lágrimas. Nadie le mandó bordar ninguna bandera con los oropeles del insulto y el menosprecio hacia aquello que le permitió llegar a lo que fue; nadie le mandó criticar a su propia gente tras el escudo del éxito y la tribuna cobarde de la fama; nadie le mandó exhibir sus desviaciones, poeta. Considere lo que le pasa como la expiación de su pecado. Y ahora, poeta, dedíqueme el libro. No se preocupe por la ausencia de pluma. Yo le dejo una-.
El poeta escucha esas palabras con la quietud del reo que oye al juez dictar la sentencia de muerte. De hecho, es la primera de las balas que atraviesa su alma en aquella noche de agosto que pronto tornaría luz por tiniebla. Se descerrajó el primer disparo por la boca de un niño con camisa azul, cargado de odio, de lengua afilada, de ideología destructora.
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Cuatro Caminos
Lugar de cruce, de encuentro. Con sabor a Madrid viejo de lo que un día fue el nuevo Madrid. Sin victorias que celebrar, salvo las del nombre del barrio que le adopta, el colonial sabor de Tetuán queda grabado en lo antiguo del urbanismo oculto en el entramado de calles que se adentra hacia tu esencia.
Esos cuatro caminos son, de nuevo, como antaño, lugar de cruce entre dos de los cuatro puntos cardinales de una brújula emigrante. Siempre marcando hacia el sur, con pieles negras y acentos extraños. La segunda de las agujas, como equivocada, se ha quedado prendida en el este de idiomas ajenos. Las agujas que deben señalar hacia el norte o al oeste se han quedado en otros rostros de Madrid, un Madrid de anchas calles, conches rápidos y edificios altos. Cuatro Caminos en una brújula capada.

Cada mañana el Metro me devuelve a la superficie bajo un cielo recién nacido, a escasos metros del enclave cercano por donde un poeta soriano con acento andaluz se entregó a un amor no correspondido. En cambio, hoy día, otros más afortunados se pueden despedir con un beso rápido y certero en la frontera de algún semáforo para cruzar al tramo de los pares de la Avenida Reina Victoria, noble apariencia de un barrio humilde que, un día fue linde de Chamartín de la Rosa y que en la actualidad es más espina que flor.

El acerado de esta avenida, ancha como un río, forma rectángulos anodinos y grises de escaso entretinimiento. En cambio, cuando el día está a punto de languidecer y, de nuevo el Metro me conduce al interior de un Madrid distinto, parecen cambiar el rostro. Tetuán regala a cuatro o cinco músicos que cada tarde entonan un bucle del que parece no haber salida. Un clarinete, una trompeta, un saxo y un contrabajo que toca un hombre de bigote cano. Parece tan acoplado al instrumento que nunca sabré quién sujeta a quién. Protege sus dedos con un esparadrapo blanco, a juego con una sonrisa o una muesca de dolor, aún no he sido capaz de discernirlo. Jazz, música alegre, bailable, canon eterno y sonrisa en vecinos, peatones y policías que con aires de suficiencia perdonan la vida musical de una personas orilladas en uno de estos cuatro caminos.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo paseando.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008
Muerte de un Poeta (III)
El soldado consiguió encender el cigarro y expulsa el humo de una larguísima primera calada. Se da la vuelta, observa aquella celda como si fuese la primera vez que ponía sus pies en ese hediondo lugar. Apenas hace caso a los ruegos del poeta, a sus llantos. Sólo le dice que llorar no era de hombres, pero que en su caso era normal que lo hiciera. Sus jefes le han dicho que venía un poeta maricón y que, por tanto, no es de extrañar ese espectáculo tan femenino a su juicio. De todas formas, el soldado se vuelve hacia él y le pone la mano en el hombro.
-He venido para ayudarle a rezar-dijo el joven soldado- y, de camino para que me dedique este libro que, si no me equivoco es suyo-.
Rezar… Café… Qué relación podía haber entre esas dos palabras malditas, tan alejadas la una de la otra y que en boca de este soldado se unen en un matrimonio lúgubre y siniestro. En la mente del poeta, una y otra llevaban estrafalarias ropas. “Rezar” iba vestida de negro, un riguroso traje negro, enjuto, de paño grueso, algo roído por la polilla y con caspa en los hombros. A la palabra “Café”, en cambio la vio de largo vestido blanco y un brillante y oscuro tricornio de guardia civil. En la boda entre ambas palabras, un sacerdote vestía con camisa azul y tenía la misma cara del soldado que le acompañaba en su celda, y una partida de gitanos ponía los cantes: martinetes, segurillas, soleás… todos cantes jondos y tristes. Al final de la ceremonia, los gitanos se levantaban y mostraban sus manos esposadas, encadenadas, mientras el cura apuntaba con su máuser y disparaba sin dejar a nadie vivo. La pareja de recién casados aplaudía ante el teatral espectáculo.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Muerte de un Poeta (II)
Suena el cerrojo de la puerta. Inmediatamente se pone de pie. Tiene miedo. Mucho miedo. No quiere pensar, pero lo hace. Sabe, por lo que ha oído, por lo que le han dicho, que le tienen ganas. Un militar se asomó a su celda del gobierno civil y, sonriendo, pronunció un “que se lo lleven en el próximo camión” que no le gustó nada. No sirvió de mucho que preguntara a dónde iban a llevarle. Un simple “cállate, maricón”, bastó para comprender que era absurdo querer averiguar.
Se abre la puerta de la celda y un chaval de camisa azul, cara sucia y mosquetón brillante, de no más de 18 años, se queda entre las jambas. Lleva el fusil al hombro. Le mira como el que observa a un bicho raro. El preso no se atreve a decir nada. Está sucio, sabe que nadie conoce su paradero, no ha podido hablar con nadie de los suyos, intuye el fin, pero se agarra a la última esperanza, no quiere morir.
El soldado le pregunta: -usted es el poeta, ¿verdad?-. Eran las primeras palabras amables en tanto tiempo, tanto que no pudo evitar que se le escapara una sonrisa nerviosa en su respuesta.
–Sí. Soy un poeta, asustado, pero poeta-. Comprende que su interlocutor no es exactamente igual que los que ha tenido hasta ahora. Hasta ese momento nadie le llamó por su nombre sino “maricón” y las culatas habían caído con más frecuencia de la deseada sobre su espalda.
-¿Qué hago aquí? ¿Qué me va a pasar? – rogó el poeta.
- Le vamos a dar café- Respondió el soldado que había entrado en la celda y se le acercaba con un pitillo en las manos que le ofrecía con rudeza.
“Café. Me van a dar café”, se repite sin cesar. “No quiero café”, quería gritar. Sólo quiere salir de allí, volver a su casa, irse a Madrid, a Argentina, a la esquina opuesta de aquel mundo en el que cayó como si de una brizna de pan se colara por un sumidero, en mitad del remolino de agua que provoca un tapón que descubre la salida. Rechazando el tabaco y con los ojos llenos de lágrimas mira al soldado, que se enciende el cigarro con una parsimonia casi mística con un extraño encendedor de yesca, le dice: -No quiero morir. Me da miedo la muerte. Me queda tanta vida dentro de mi pecho que no quiero que se esparza por entre los olivos secos que he visto en la carretera y que la tierra quede yerma por el calor de mi sangre-.
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lunes, 10 de noviembre de 2008
MUERTE DE UN POETA (I)
Se cerraron las puertas del camión y fue como si una plancha de metal le cortara la cabeza. Apenas podía mirar al frente. Sus ojos dibujaban garabatos en el suelo. Tropezó con el escalón que daba acceso a la estancia, tan oscura como aquellas en las que había estado desde hacía dos días. Todo era oscuridad. El calabozo del gobierno civil, la parte de atrás de aquella camioneta, los ojos del cojo que se sentó a su lado… La costumbre hizo que no tardara en hacerse con las dimensiones de aquel nuevo lugar.
No sabía dónde estaba exactamente. Hacía fresco a pesar de ser agosto. Estaba en alguna sierra de las muchas que tenía la provincia, pero no le sonaba en exceso. Apenas habló con la lúgubre compañía que el destino y los hombres de azul le habían buscado para la ocasión. El cojo le miró como si le reconociera, pero su planta, su facha, su barba descuidada… Su imagen no era la acostumbrada de periódicos y entrevistas. Aún así, aquel hombre le miró, le miró como si le reconociera.
Separaron a los dos reos. Cada uno fue a una celda distinta, tan sucia como la del gobierno civil, como debían serlo todas las celdas del mundo. Apenas había comido en dos días. Algo de lo que le llevó la que fue su niñera y a la que el tiempo robó belleza a cambio de arrugas, pero que seguía oliendo igual que cuando le cogía en brazos y le regañaba por ensuciarse la ropa. Se mira de arriba abajo y se ve tan sucio que sabe que de volver a verla, su niñera se pondría muy seria con él.
Tiene ganas de orinar. Ha comprendido en dos días que pedir ir al baño sólo sirve de mofa y una excusa extraordinaria para ser objeto de insultos y vejaciones muy duras de soportar. Lo hace contra una de las paredes. La noche es muy oscura, pero no debe quedar mucho para que amanezca. Hace frío. Los pájaros se intuyen.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
Plaza de España
Da la sensación de que el sol no quiere irse. Atardece en Madrid, pero la luz se queda prendida en los edificios, en los andamios, en las esquinas. Quijote muestra a su fiel Sancho los vericuetos que toma el astro rey a quien confunde con los ojos de su Dulcinea, en su camino hacia el horizonte, que en esta ciudad tiene forma de autopista surcada por estrellas fugaces de estela roja.El viejo Quijano perdió el interés por desfacer entuertos y prefiere conversar con su escudero, o con cualquier otro, pocos, que sacan tiempo para detenerse y hablar en esta ciudad en la que hasta el tiempo tiene prisa.

El escaso verde de la plaza de la muy verde ciudad de Madrid acoge a una pareja que se retuerce en un abrazo obsceno mientras otras, repartidas estratégicamente alrededor conversan con el anhelo de alcanzar el mismo punto llegado el momento crucial, salvados los preámbulos.
La Plaza de España es una encrucijada. Es el respiro de Gran Vía. Es el comienzo a la vida de Princesa. A mitad de camino las dos se encuentran para mirarse de frente o refrescarse en la fuente apagada por el sonido del tráfico.

Si el poeta dijo que Madrid es el rompeolas de las Españas, aquí, en su plaza, esa España plural, diversa, rica, se reencuentra con su historia en miles de lenguas salidas de bocas extrañas, conversando ante el buen Cervantes en bancos corridos y en españoles diversos.
En Madrid casi es de noche, pero en Plaza de España el sol parece que se ha enganchado entre la rama de algún árbol y pide auxilio al caballero andante, demasiado viejo ya para iniciar una nueva batalla.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo pasea.
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martes, 28 de octubre de 2008
Paliza equivocada
Tras la paliza literaria que recibió el gran Patón, dentro del proyecto "Novepol", y la posterior repercusión obtenida de algunos de los blogueros del grupo, me sumo modestamente a la iniciativa del maestro e intento justificar por qué le dieron tal somanta. Leed, leed malditos.... No me lo puedo creer. No salgo de mi asombro. Lo único que quería era darle un susto. Un callejón oscuro, nada de testigos, un par de hostias, una patada en los huevos y un recordatorio de que conmigo no se juega. Estoy verdaderamente harto de Jesse Lens, ese maldito madero, me tiene en su punto de mira y me ha rechazado unas vacaciones pagadas en un paraíso tropical. Se trataba ahora de cambiar el espacio vacacional. No quisiste playa y tendrás hospital, aunque nada serio. Estaba todo muy claro y los muy gilipollas que contrato le dan de palos a otro tipo que, imagino, a estas alturas se estará preguntando a qué vino esa lluvia de hostias. Estar en el sitio equivocado y parecerse demasiado al mierda ese de Lens. Eso es lo que le pasó. Y lo peor de todo es que hoy se me planta Jessi, sin una sola hostia en su cuerpo de dos metros, para amenazarme, otra vez, con cerrar mis negocios y llevarme ante un juez que, seguramente yo tenga en nómina.
Pues si no hay paliza habrá susto, lo habrá. El poli ese no sabe a quién le está tocando hoy las pelotas.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo Corleone
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