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lunes, 12 de octubre de 2009

Una bandera arco iris abre caminos

En Estados Unidos, la bandera del arco iris ha ondeado en la capital federal. El sueñoo de Luther King de un país más igualitario se acerca. En España no hubo sueños, pero sí soñadores, y esa bandera arco iris ha conseguido importantes logros que hoy, otros países, el propio Imperio incluso, aspiran a imitar. Uno fue el matrimonio homosexual. Antes, la Sanidad Pública, gratuita y universal.



En este caso, el de la sanidad, Esperanza Aguirre, del PP, se la está cargando de forma paulatina en la Comunidad de Madrid...
Por lo que se refiere a las banderas, mientras el arco iris puede ondear en la capital imperial, Granada, con un alcalde del PP, negó que pudiera aparecer en el Ayuntamiento de la capital con motivo del Día del Orgullo, hace ya algunos años. Dijo que "el balcón del Ayuntamiento está para que ondeen las banderas institucionales de España, de Andalucía, de Europa y de Granada, y no para ningún movimiento de ningún tipo, ni gay ni no gay".... Grande!!! Eso sí, el Pendón de Castilla sí puede ser tremolado cada 2 de enero para excitación sexual de fascistas y nostálgicos y escarnio de aquéllos que no entendemos de vencedores y vencidos.
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viernes, 21 de noviembre de 2008

El Caso Leganés

Ese es el título del último libro que me he leído. Lo edita Aguilar. Está escrito por el propio protagonista de la historia, un anestesista que en su etapa de director de urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés, Madrid, fue acusado de sedar hasta la muerte a 400 personas. Cuenta con la colaboración del periodista de El País Oriol Güell.

La pobre apariencia formal del libro esconde la desgarradora historia de una caza de brujas en toda regla, y no lo decimos nosotros. Tampoco el propio doctor Montes, médico en cuestión, sino una cantidad de informes neutrales que fueron obviados por la consejería de salud de la Comunidad de Madrid, conducida en esa época por Manuel Lamela y que montó un circo mediático, sin pruebas, con mucha manipulación y la intención clara de acabar con un sector de izquierdas dentro de la sanidad pública madrileña.

Como digo, el texto es mejorable y podría estar mejor escrito. Al margen de ello es todo un manual de obligada lectura para todos aquellos que alberguen dudas sobre la realidad del sistema sanitario público madrileño, su cuestionamiento, las heridas que sufre de forma constante, en definitiva, su paulatino desmantelamiento.

La Comunidad lleva años erosionando un sistema cuyos principios de universidad y gratuidad se socavan al socaire de soflamas demagógicas que esconden una privatización encubierta, sobre la que ya ha alertado el Defensor del Pueblo ante denuncias de Izquierda Unida.



El doctor Montes, Luis Montes, lanza unos mensajes que debería estar situados en la cabecera de la cama de muchos políticos, no sólo de la derecha madrileña, que son el abecé del sistema público sanitario, un logro social, un tesoro del que no podemos prescindir, un bebé al que no debemos dejar de mimar.

Pero al margen de todo ello, el libro ayuda a entender las diferencias que existen entre la eutanasia y la sedación terminal, la necesidad que tiene la clase médica y la sociedad en su conjunto de afrontar de forma madura el proceso de la muerte. La ciencia y sus avances permiten evitar el sufrimiento innecesario, el encarnecimiento terapéutico, el dolor irresistible que podemos sentir en el tránsito final. Y esa posibilidad debe quedar alejada de cualquier posicionamiento moral e ideológico.


La persecución a la que fueron sometidos Montes y su equipo -y que a pesar de su inocencia demostrada jurídicamente, no ha costado cabeza política alguna- debería provocar un debate en la sociedad sobre el hecho de cómo queremos morir. La regulación de la eutanasia debe llegar, la sanidad debe permitir que, llegado el caso y a tenor de unas reglas, podamos determinar qué hacer con nuestra vida sobre la que nadie más que nosotros mismos debemos disponer. La supuesta objeción de conciencia a la que algunos médicos pretenden agarrarse implica su deseo de dejar en otras manos -divinas o terrenales- la decisión final sobre nuestra propia muerte. Otro tanto sucede con las sedaciones, sobre las cuales ni siquiera debe haber debate pues está regulado y cualquier negación médica a llevarlas a cabo previo consentimiento familiar, debería ser considerado, como mínimo, como negligencia.

No estaría de más que acudiéramos a ese libro y que al leerlo recordáramos a Ramón Sampedro o a Inmaculada Echeverría y, al mismo tiempo, la importancia de mantener el sistema público sanitario que en Madrid empieza a ser desmontado con unos efectos, me temo, absolutamente perversos y, lo que es peor, irrecuperables.

Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo por la muerte digna.




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