viernes, 14 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (y V)

Quinto y último capítulo del relato "Muerte de un Poeta".

El cigarro se le cae de las manos justo cuando la brasa empezó a quemar la piel de sus dedos. No se queja. No tiene vida. Toma el libro. Coge la pluma y escribe. Lejos quedaron otros autógrafos en otras orillas del mundo, cuando todo parecía imposible, cuando todos se creían inmortales. Al instante llega un retén de tres hombres también con camisa azul. Una de las caras que llega le resulta tan conocida que casi empieza a comprender. El resto se ríe e insulta. Nada nuevo.

Fuera hace frío. El cojo ya está en el camión. Junto al poeta suben otros dos hombres de afilada figura y tauromáquico gesto, afilados como un arpón. El del rostro reconocido se presenta junto al mismo hombre que le detuvo hace dos días o dos años. El tiempo se confunde. Los dos se miran. Uno de ellos, no sé quién, le dice: “Camborio, flor de la raza calé, te voy a meter una bala por cada uno de los insultos a la guardia civil que has escrito. ¿Dónde están ahora tus amigos, tus manifiestos, tus versos de mierda? Nadie se acordará de ti dentro de un rato.”

El joven soldado se quedó un rato más en la celda. Enciende otro cigarro disfrutando de su victoria. Saca el libro del bolsillo exterior de su camisa azul y busca la dedicatoria. Es el segundo libro que tiene dedicado por el poeta, ese poeta al que acaba de humillar restregándole su superioridad. El segundo libro firmado y qué contextos más diferentes. .

Bajo el título del libro pudo leer, al tiempo que se oían cuatro disparos que rompieron el aire y anunciaban el amanecer de una nueva Patria: “Con la certeza del que sabe que nunca más volverá a verte. Con los alfileres de la muerte clavados en mis dedos. A la hora que las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora. Con el mayor de mis desprecios… El poeta… A 18 ó 19 de agosto de 1.936”.

Ampliar entrada

Arrepentido

La tradición cristiana creó el Sacramento de la confesión para que nuestros pecados fuesen perdonados si el arrepentimiento era sincero. Y qué mayor sinceridad que contarle nuestras faltas a Dios a través de uno de sus Ministros para que nos perdone. Y digo yo que si Dios se parece a Berlusconi, cómo serían sus Ministros??? En fin, ese es otro debate.

Sea como fuere, según esa tradición, el ser más maldito del universo puede verse en el mágico trance de ver la luz celestial si en el instante postrero se arrepiente de sus pecados y pide perdón con el pecho abierto. Esto último es algo no termino de entender y no es que esté a favor de la venganza, pero me parece demasiado fácil ganar la justicia divina cuando caminar por este valle de lágrimas que es la vida terrenal es una verdadera putada debido a personas que no son capaces de arrepentirse hasta el minuto 90.

Todo esto viene porque Bush, hace un par de días dijo que se arrepentía de haber dicho muchas cosas durante su mandato. Así, en frío, puedes llegar a pensar que, como San Pablo camino de Damasco, el junior se ha caído del caballo y ha visto la luz. Nada más lejos de la realidad. Por dos motivos.

1.- Leer no es lo mismo que ver. Ver el tono en el que hizo esas declaraciones y la socarrona cara que tenía mientras la hacía, como diciendo "ya me da igual todo", era comprender que el arrepentimiento no era más que un titular para robarle protagonismoa Obama, rey de las portadas en Estados Unidos.

2.- Puestos a arrepentirse, mejor hacerlo de lo que se ha hecho y no de lo que se ha dicho. Porque decir no causa muerte, ni destrucción, ni ruina financiera, ni crisis alimentaria, ni guerras...

Hubiera estado bien, aunque para mí no le hubiera eximido de nada, que se hubiera arrepentido de Abú Grahib, de la invasión de Iraq, de Guantánamo, de haber conducido al mundo a una desestabilización general, de haber puesto Oriente Medio patas arriba y así hasta agotar sus ocho años de "gloria". Seguro que algún sacerdote le hubiera perdonado y así, las puertas del cielo se abrirían para él. Lo que no sé es lo que hubiera hecho con él tanta gente a la que su política ha mandado al cielo directamente después de haber convertido su vida en un infierno.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo.

Ampliar entrada

jueves, 13 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (IV)

Penúltimo capítulo de Muerte de un Poeta. ç

IV. El poeta coge el libro. Recuerda los tiempos de risas de aquellos versos. Recuerda los laureles del éxito, la fama que empezaba a vestirle con trajes caros y le conducía a la portada de periódicos de todo el mundo. Recuerda su teatro universitario, los reproches de los que consideraron aquel libro poco vanguardista, demasiado “folklórico”. Recuerda también los primeros reproches, los primeros insultos, las primeras amenazas que llegaban con voz de miguelete, mostacho agresivo y lenguaje soez. Recuerda al Camborio, a la flor de la raza calé, a Soledad Montoya, a su caballo verde…

- No tengo pluma. Entenderás que no pueda firmártelo ahora-. Esa frase suena a reproche más que a disculpa, pero no está en situación de poder recriminar nada. Sabe que su vida ya no está en sus propias manos y conoce la violencia de los que, como aquel soldado, llevaban una camisa azul. Por un momento quiere hacer valer su amistad con el más importante portador de camisa azul de la ciudad, en cuya casa estaba escondido horas antes, pero no quiere comprometer más a esa familia.

Acepta fumarse un cigarro. A pesar del rechazo inicial debe reconocer que la ansiedad le domina y necesita calmarla.
- ¿Qué me vas a rezar, soldado?- Hace tanto tiempo que no reza que duda que, llegado el momento, se acuerde de alguna oración coherente.

- Yo no soy cura para enseñarle a rezar nada, poeta. En cualquier caso lo único que podría rezar con usted es un Páter Nóster. De todas formas, todos los que son como ustedes no tienen palabra. Se terminan por acobardar-. El soldado le dice eso último mirándole a la cara fijamente.

- No te entiendo-, responde el poeta extrañado, sintiendo de nuevo el pavor recorrer cada milímetro sucio de su maltrecho traje claro. El soldado se lo escupe a la cara.

- Los rojos como usted, por muy ilustrados que sean, por muy descreídos, cultos y republicanos que se sientan… al final rezan, al final acuden a Dios-. El monólogo se carga de odio. – Yo le he admirado, poeta. En el bachiller escribía versos y, a pesar de las inmoralidades que usted ha escrito, a pesar de que en casa no podía mencionar su nombre sin que mi madre me mirara con asco, recordando la parte más oscura de su familia, a pesar de todo ello, digo, le admiraba. Admiré sus versos y su teatro. Leía el panfleto ese dirigido por su amigo solamente por saber los éxitos que atesoraba-. El poeta siente que las tripas se le revuelven. Miedo, asco, rencor… todo se suma en un estómago vacío. El joven y futuro victorioso continúa. –Usted no se acordará, pero un día, mientras se reía en una mesa del café en el que tertuliaban usted y muchos que como usted se han escondido ahora ante la realidad de la nueva Historia que escribiremos, yo le observaba con toda atención. Usted mariposeaba, fumaba, bebía, opinaba, reía, criticaba, imitaba y yo le miraba. Me firmó un ejemplar de una de sus obras de teatro, la de la heroína, en la que se mofaba de los valores que volverán a hacer de esta Patria lo que nunca debió dejar de ser. Hoy, poeta, usted, como esa heroína, espera su garrote entre lágrimas. Nadie le mandó bordar ninguna bandera con los oropeles del insulto y el menosprecio hacia aquello que le permitió llegar a lo que fue; nadie le mandó criticar a su propia gente tras el escudo del éxito y la tribuna cobarde de la fama; nadie le mandó exhibir sus desviaciones, poeta. Considere lo que le pasa como la expiación de su pecado. Y ahora, poeta, dedíqueme el libro. No se preocupe por la ausencia de pluma. Yo le dejo una-.

El poeta escucha esas palabras con la quietud del reo que oye al juez dictar la sentencia de muerte. De hecho, es la primera de las balas que atraviesa su alma en aquella noche de agosto que pronto tornaría luz por tiniebla. Se descerrajó el primer disparo por la boca de un niño con camisa azul, cargado de odio, de lengua afilada, de ideología destructora.

Ampliar entrada

Cuatro Caminos

Cuatro Caminos.

Lugar de cruce, de encuentro. Con sabor a Madrid viejo de lo que un día fue el nuevo Madrid. Sin victorias que celebrar, salvo las del nombre del barrio que le adopta, el colonial sabor de Tetuán queda grabado en lo antiguo del urbanismo oculto en el entramado de calles que se adentra hacia tu esencia.

Esos cuatro caminos son, de nuevo, como antaño, lugar de cruce entre dos de los cuatro puntos cardinales de una brújula emigrante. Siempre marcando hacia el sur, con pieles negras y acentos extraños. La segunda de las agujas, como equivocada, se ha quedado prendida en el este de idiomas ajenos. Las agujas que deben señalar hacia el norte o al oeste se han quedado en otros rostros de Madrid, un Madrid de anchas calles, conches rápidos y edificios altos. Cuatro Caminos en una brújula capada.






Cada mañana el Metro me devuelve a la superficie bajo un cielo recién nacido, a escasos metros del enclave cercano por donde un poeta soriano con acento andaluz se entregó a un amor no correspondido. En cambio, hoy día, otros más afortunados se pueden despedir con un beso rápido y certero en la frontera de algún semáforo para cruzar al tramo de los pares de la Avenida Reina Victoria, noble apariencia de un barrio humilde que, un día fue linde de Chamartín de la Rosa y que en la actualidad es más espina que flor.



El acerado de esta avenida, ancha como un río, forma rectángulos anodinos y grises de escaso entretinimiento. En cambio, cuando el día está a punto de languidecer y, de nuevo el Metro me conduce al interior de un Madrid distinto, parecen cambiar el rostro. Tetuán regala a cuatro o cinco músicos que cada tarde entonan un bucle del que parece no haber salida. Un clarinete, una trompeta, un saxo y un contrabajo que toca un hombre de bigote cano. Parece tan acoplado al instrumento que nunca sabré quién sujeta a quién. Protege sus dedos con un esparadrapo blanco, a juego con una sonrisa o una muesca de dolor, aún no he sido capaz de discernirlo. Jazz, música alegre, bailable, canon eterno y sonrisa en vecinos, peatones y policías que con aires de suficiencia perdonan la vida musical de una personas orilladas en uno de estos cuatro caminos.

Un saludo desde mi jardín.

Bomarzo paseando.


Ampliar entrada

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (III)

Puntual a su cita, llega la tercera parte de "Muerte de un Poeta".

El soldado consiguió encender el cigarro y expulsa el humo de una larguísima primera calada. Se da la vuelta, observa aquella celda como si fuese la primera vez que ponía sus pies en ese hediondo lugar. Apenas hace caso a los ruegos del poeta, a sus llantos. Sólo le dice que llorar no era de hombres, pero que en su caso era normal que lo hiciera. Sus jefes le han dicho que venía un poeta maricón y que, por tanto, no es de extrañar ese espectáculo tan femenino a su juicio. De todas formas, el soldado se vuelve hacia él y le pone la mano en el hombro.
-He venido para ayudarle a rezar-dijo el joven soldado- y, de camino para que me dedique este libro que, si no me equivoco es suyo-.
Rezar… Café… Qué relación podía haber entre esas dos palabras malditas, tan alejadas la una de la otra y que en boca de este soldado se unen en un matrimonio lúgubre y siniestro. En la mente del poeta, una y otra llevaban estrafalarias ropas. “Rezar” iba vestida de negro, un riguroso traje negro, enjuto, de paño grueso, algo roído por la polilla y con caspa en los hombros. A la palabra “Café”, en cambio la vio de largo vestido blanco y un brillante y oscuro tricornio de guardia civil. En la boda entre ambas palabras, un sacerdote vestía con camisa azul y tenía la misma cara del soldado que le acompañaba en su celda, y una partida de gitanos ponía los cantes: martinetes, segurillas, soleás… todos cantes jondos y tristes. Al final de la ceremonia, los gitanos se levantaban y mostraban sus manos esposadas, encadenadas, mientras el cura apuntaba con su máuser y disparaba sin dejar a nadie vivo. La pareja de recién casados aplaudía ante el teatral espectáculo.

Ampliar entrada

Cuaversos de Bitácora (II). La llegada del próximo tren.

Impaciente llego a este día, segunda sesión de los Cuaversos de Bitácora.

Es agradable desnudarte
a la espera del próximo tren.
Entre nosotros,
el abismo de un andén,
la infinitud de tu ausencia presente.
Con el descaro que da no saber tu nombre,
bajo tu camisa,
desnudo tu conciencia,
me como a besos la distancia,
te miro hasta quedar exhausto.

A lo lejos el tren anuncia
la fragilidad de un sueño,
lo escaso de un deseo.
Te vas sin poder evitar
el sabor de tu boca descansando
en mi lengua.

Esta tarde, la tercera parte de "Muerte de un Poeta".
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo en verso.

Ampliar entrada

martes, 11 de noviembre de 2008

Muerte de un Poeta (II)

Segunda entrega de Muerte de un poeta.

Suena el cerrojo de la puerta. Inmediatamente se pone de pie. Tiene miedo. Mucho miedo. No quiere pensar, pero lo hace. Sabe, por lo que ha oído, por lo que le han dicho, que le tienen ganas. Un militar se asomó a su celda del gobierno civil y, sonriendo, pronunció un “que se lo lleven en el próximo camión” que no le gustó nada. No sirvió de mucho que preguntara a dónde iban a llevarle. Un simple “cállate, maricón”, bastó para comprender que era absurdo querer averiguar.
Se abre la puerta de la celda y un chaval de camisa azul, cara sucia y mosquetón brillante, de no más de 18 años, se queda entre las jambas. Lleva el fusil al hombro. Le mira como el que observa a un bicho raro. El preso no se atreve a decir nada. Está sucio, sabe que nadie conoce su paradero, no ha podido hablar con nadie de los suyos, intuye el fin, pero se agarra a la última esperanza, no quiere morir.

El soldado le pregunta: -usted es el poeta, ¿verdad?-. Eran las primeras palabras amables en tanto tiempo, tanto que no pudo evitar que se le escapara una sonrisa nerviosa en su respuesta.
–Sí. Soy un poeta, asustado, pero poeta-. Comprende que su interlocutor no es exactamente igual que los que ha tenido hasta ahora. Hasta ese momento nadie le llamó por su nombre sino “maricón” y las culatas habían caído con más frecuencia de la deseada sobre su espalda.
-¿Qué hago aquí? ¿Qué me va a pasar? – rogó el poeta.
- Le vamos a dar café- Respondió el soldado que había entrado en la celda y se le acercaba con un pitillo en las manos que le ofrecía con rudeza.
“Café. Me van a dar café”, se repite sin cesar. “No quiero café”, quería gritar. Sólo quiere salir de allí, volver a su casa, irse a Madrid, a Argentina, a la esquina opuesta de aquel mundo en el que cayó como si de una brizna de pan se colara por un sumidero, en mitad del remolino de agua que provoca un tapón que descubre la salida. Rechazando el tabaco y con los ojos llenos de lágrimas mira al soldado, que se enciende el cigarro con una parsimonia casi mística con un extraño encendedor de yesca, le dice: -No quiero morir. Me da miedo la muerte. Me queda tanta vida dentro de mi pecho que no quiero que se esparza por entre los olivos secos que he visto en la carretera y que la tierra quede yerma por el calor de mi sangre-.

Ampliar entrada

Estrategias en Afganistán



Iñaki Gabilondo concluía su comentario de anoche preguntándose "¿Acaso no estamos ante un tiempo de cambio?" en referencia a la llegada de Obama a la Casa Blanca. Un Obama que quiere sacar las tropas de Iraq para meterlas en Afganistán.

Hace un par de días dos soldados españoles morían en ese país tras se objeto de un atentado. En estos momentos mucha gente se pregunta qué estamos haciendo allí. No está de más que recordemos que España tiene unas obligaciones contraídas por su presencia en la OTAN, también como miembro activo de la ONU. Sin embargo y a pesar de ello no podemos dejar de preguntarnos eso: qué hacemos allí.


Afganistán se ha salido de madre. Las cosas se han torcido y, una vez más, occidente ha fracasado con sus formas intentando exportar por la vía de las armas ideas, sistemas de complejo arraigo en sociedades complejas. La democracia no es un traje que le puede valer a cualquiera y, si no es así, se le mete un poquito el falso, o se le descose de la sisa. Una democracia necesita arraigo cultural, convencer de sus bondades. La democracia es sedimento. Si una democracia no sustituye la corrupción administrativa o política, si no mejora la calidad de vida de los ciudadanos, si los cambios que introduce no son apreciables por la sociedad, ésta prefiere quedarse como estaba. Ya que la andan fastidiando es mejor que lo hagan rostros conocidos.

Y ahí radica la segunda parte del problema. La democracia no puede llegar de la mano de un ejército, por muy buena que sea la labor que éste realiza. Si ese ejército comete excesos, si mueren inocentes, si hay daños colaterales en una guerrra de enemigos difusos, la democracia se relaciona con invasión y produce un inmediato rechazo. Las tropas de Estados Unidos han hecho eso y ahora, es urgente cambiar de estrategia, no sólo en Afganistán sino en cualquier conflicto en el que intervengan fuerzas pacificadoras, que no deja de ser un eufemismo bien aceptado en occidente, pero que para la población nativa no dejan de ser, andado el tiempo, fuerzas invasoras.

Estamos en un momento en el que el mundo espera cambios, un momento en el que muchos queremos ayudar -modestamente- a que esos cambios se produzcan y participar en el nacimiento de un nuevo orden mundial, de una manera más positiva de resolver los problemas, un mundo en el que la democracia no invada, no se imponga, sino que convenza por la bondad de sus postulados.

Un saludo desde mi jardín.

Bomarzo


Ampliar entrada

lunes, 10 de noviembre de 2008

Comienzo a publicar mi relato: Muerte de un poeta. Por su longitud, irá apareciendo todos los días, hasta el viernes, a las 16 horas. Espero que sea de vuestro interés.
MUERTE DE UN POETA (I)

Se cerraron las puertas del camión y fue como si una plancha de metal le cortara la cabeza. Apenas podía mirar al frente. Sus ojos dibujaban garabatos en el suelo. Tropezó con el escalón que daba acceso a la estancia, tan oscura como aquellas en las que había estado desde hacía dos días. Todo era oscuridad. El calabozo del gobierno civil, la parte de atrás de aquella camioneta, los ojos del cojo que se sentó a su lado… La costumbre hizo que no tardara en hacerse con las dimensiones de aquel nuevo lugar.

No sabía dónde estaba exactamente. Hacía fresco a pesar de ser agosto. Estaba en alguna sierra de las muchas que tenía la provincia, pero no le sonaba en exceso. Apenas habló con la lúgubre compañía que el destino y los hombres de azul le habían buscado para la ocasión. El cojo le miró como si le reconociera, pero su planta, su facha, su barba descuidada… Su imagen no era la acostumbrada de periódicos y entrevistas. Aún así, aquel hombre le miró, le miró como si le reconociera.

Separaron a los dos reos. Cada uno fue a una celda distinta, tan sucia como la del gobierno civil, como debían serlo todas las celdas del mundo. Apenas había comido en dos días. Algo de lo que le llevó la que fue su niñera y a la que el tiempo robó belleza a cambio de arrugas, pero que seguía oliendo igual que cuando le cogía en brazos y le regañaba por ensuciarse la ropa. Se mira de arriba abajo y se ve tan sucio que sabe que de volver a verla, su niñera se pondría muy seria con él.

Tiene ganas de orinar. Ha comprendido en dos días que pedir ir al baño sólo sirve de mofa y una excusa extraordinaria para ser objeto de insultos y vejaciones muy duras de soportar. Lo hace contra una de las paredes. La noche es muy oscura, pero no debe quedar mucho para que amanezca. Hace frío. Los pájaros se intuyen.
.

Ampliar entrada

Lecciones foráneas

El pasado viernes conocí a una persona de esas que te dejan huella. Es una mujer de mediana edad, de origen venezolano. Llegó a España hace dos años y nada más hacerlo se hizo voluntaria de varias oenegés. Comenta que tiene el gen de la solidaridad. Ella es graduada social y está a la espera de que le convaliden su titulación en nuestro país.

Mientras ese documento llega -han transcurrido dos años- pasa su tiempo y gana su dinero limpiando casas. Sonríe cuando lo cuenta. Dice que no ha venido a España a quejarse ni a estarse quieta. Salió de su país porque las cosas no andan bien. Eligió España porque hay muchas cosas en común entre los dos países. Nosotros la recibimos y la escogemos para que limpie nuestros suelos. Pero no deja de sonreír.

Cuando nos despedimos me contó que hace poco recibió una carta en la que se le anunciaba que no tenía derecho a médico. El mismo día recibió una felicitación escrita de una organización en la que se le felicitaba por ser una extraordinaria donante de sangre. Gracias a su generosa colaboración había salvado vidas. La suya, en cambio, en España nos importa un bledo.

Ella no dejaba de sonreír.

Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo


Ampliar entrada